Friday, October 21, 2005

La mentira en política
(Por Carlos A. Trevisi)

La necesidad de transparencia de nuestros actos se acrecienta cuando somos depositarios de la confianza que se nos concede en virtud del conocimiento que se tiene de nosotros, o porque somos depositarios de un poder que los demás no pueden ejercer “per se”.
Sea este último el caso de las relaciones que, en democracia, los pueblos mantienen con los políticos.

Años ha, un profesor de la Universidad de Columbia, EEUU, con quien he mantenido una larga y fructífera amistad, ante un comentario mío en el sentido de que el escándalo "Watergate" había ido demasiado lejos (habida cuenta de que peores cosas habían tenido lugar sin que se hubiera llegado a mayores), me contestó que Nixon no renunció por haber grabado las conversaciones que sostenía en el Salón Oval, cosa que, me invitó a convenir, “hace todo el mundo” y él negó sistemáticamente, sino que tuvo que irse por mentir.
La mentira, que se hizo pública cuando tuvo que presentar las cintas grabadas, fue lo que terminó con él.

La mentira, fuera del campo de la axiología (qué es lo bueno y lo malo, lo mejor y lo peor, lo que vale y lo que no vale), en el juego de las circunstancias, hasta puede ser oportuna. Si la mentira evita un sufrimiento, un dolor, en fin, un mal mayor, ¿puede decirse que esté mal? Sin embargo, la mentira es una atrocidad cuando es utilizada con un fin bastardo; si se irreconcilia con normas reconocidas socialmente; si perturba el encuentro entre los hombres, si lo violenta.
Esto no obstante, si la sociedad ha desanudado los lazos que la cohesionan más allá de una puesta en común de meros intereses especulativos; si la sociedad ha perdido su sentido de la trascendencia; si ha caído en la abulia –cuando es precisamente la acción la única actitud que diferencia a sus miembros de las bestias- la mentira se mueve como pez en el agua.

Cuando Aznar decidió “arrimarse” a las Azores lo hizo con convicción política. Se podrá criticar su afán de enrolarse con los “buenos” de la película; hasta se podría decir que es intolerable que haya apostado por una decisión a la que el pueblo español se opuso masivamente. Pero no se podrá decir que lo suyo haya sido ilegal; ni siquiera ilegítimo.
Ese no es el problema.

Aznar mintió.

Y para mentir se valió de la seducción que despierta en los cobardes, en los inflexibles, en los autoritarios, en los machistas, en los obcecados, en los monológicos, en los hombres convencionales.
Un día, mirando fijamente a las cámaras de televisión, dijo que Sadam Husein tenía armas de destrucción masiva, agregando, dedo en ristre, que podíamos confiar en él, que él sabía lo que decía.

Hubo quienes no le creímos: Los que somos críticos, para poder resguardar los valores que encierra el sistema; comunitarios, para poder integrar a todos los sectores sociales en un proyecto sin exclusiones; solidarios, para impedir la marginalidad de aquellos que, por imperio de circunstancias imprevisibles, pudieran quedar afuera; exigentes para mantener en alto las ventajas que da el saber; amplios para abarcar; abiertos para dejarnos abarcar; independientes para evitar compromisos que nos involucren con el poder de turno; apasionados, para que los hombres no nos sean indiferentes; consecuentes, para no cejar en la lucha por la verdad, que es siempre a largo plazo; dialógicos para recrear circunstancias a partir de un "vosotros" que debe ser el eje de nuestras vidas; democráticos, para aceptar que una puesta en común de razones vale más que una verdad revelada; ociosos, para poder pensar; comprensivos, para poder aceptar los errores ajenos; valientes, para hacer frente a las miserias; estudiosos, para mantener actualizado nuestro poder de aprehensión de la realidad; reflexivos, para que nuestra crítica, nuestro afán comunitario, nuestra solidaridad, nuestras exigencias, nuestra amplitud, nuestra apertura, nuestra independencia, nuestra apasionamiento, nuestra consecuencia, nuestra espíritu dialógico, nuestro afán democrático, nuestros ocios, nuestra comprensión, nuestra valentía y nuestros estudios no autoricen una sobreestimación de nuestras posibilidades.

En fin, no le creímos los que luchamos para que se nos considere algo más que “uno en la especie”; los que aspiramos a que se nos distinga como personas determinadas a convivir en una geografía que es la sociedad a la que pertenecemos con “las exigencias y compromisos que implica el reconocimiento de la humanidad de nuestros semejantes para que ellos, en debida reciprocidad simbólica, confirmen a su vez la nuestra. Esto que recibe el nombre de ÉTICA” (Fernando Savater, “El valor de elegir”)

Así, el PP perdió las elecciones.
Por mentir.