Monday, October 03, 2005


El “Opus Dei”
(por Carlos A. Trevisi)

Ser del “Opus” no es trámite sencillo. Uno tiene la sensación de que para pertenecer tiene que despojarse de la propia conciencia y adoptar la de la organización.
Si algo le faltaba a Juan Pablo II es haber comprometido a la Iglesia con la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer. El entusiasmo con que el “Opus” recibió la ofrenda contrasta con el escepticismo con el que se ve su consagración desde amplísimos sectores sociales y hasta de la Iglesia misma.
Los límites que impusieron Juan XXIII y Pablo VI a la creación del ahora santo (el “Opus”) –nada consustanciada con el Concilio Vaticano II- cayeron ante un Juan Pablo II que, avanzando sobre los jesuitas, instaló a su gente en el Vaticano.
Un comentario de Juan José Tamayo-Acosta en “El País” hace referencia a la organización como “extendida por todo el mundo, poderosa en medios económicos , influyente en el mundo de las finanzas, omnipresente en el tejido social y político y con síntomas preocupantes de integrismo”.
En el mismo trabajo de Tamayo-Acosta se hace referencia a los preceptos de la Obra. En camino (n15) dice: ”La canonización apunta a un cristianismo elitista y uniformado en el que el caudillismo se convierte en imperativo categórico: “¿Adocenarte? ¿Tú del montón? Si has nacido para caudillo”; “...para ser muy señor de ti mismo, en primer lugar y después guía, jefe , caudillo!..., que obligues , que arrastres con tu ejemplo y con tu palabra y con tu ciencia y con tu imperio (n.19); “si te ven flaquear y eres jefe, no es extraño que se quebrante la obediencia” (n.383); “el matrimonio es para la tropa, no para el estado mayor de Cristo. Así, mientras comer es una exigencia para cada individuo, engendrar es exigencia sólo para la especie, pudiendo desentenderse (de ello) las personas singulares (n.28)”, y sigue la lista.
El tema, pese a los 300.000 devotos que se reunieron en Roma, interesa poco o nada desde el punto de vista religioso. Nadie pone demasiada atención a lo que se hace en su ámbito y los que “practican” –me refiero a los que asisten al templo- poco saben, entienden o quieren enterarse de lo que pasa afuera, “allá” en el mundo. Aquellos que sin “pertenecer” a la Iglesia –digamos los que no “practican”-, se sienten, sin embargo IGLESIA (y luchan por serlo), se mueven por criterios más amplios, más abarcativos de la realidad. Se trata de los que ponen en acto el evangelio a veces hasta sin conocerlo, sin haberlo leído y de los que habiendo pasado por instituciones católicas – escuelas, colegios, Cáritas, asociaciones juveniles, etc- admiten, pese a renegar de ellas, el discurso humanista y la actitud que conlleva SER católico. Poco importa ya la virginidad de la Virgen, los curas, las monjas y el Papa. La gente con vocación por “el otro” pone en acto, cotidianamente, su encuentro con los demás. Y poner en acto es “hacer” y el hombre sabe que “es” a partir de lo que hace. Y ahí se acaba. Le basta con tener presente al hermano; no lo impulsa la recompensa; vive en el otro y desde el otro.
No me llamó la atención para nada que Juan Pablo II , durante el proceso de canonización del sacerdote Escriva de Balaguer pusiera tan lejos el “hacer”: “... Fue un maestro de la práctica de la oración. Recomendaba siempre, primero oración, luego expiación y en tercer lugar, mucho después, recién, la acción”.
Allá por la década del sesenta, recién iniciado el Concilio Vaticano II, solía decirme un sacerdote, viejo amigo: ”Hay dos posturas ante la vida: dar testimonio o hacer. Deja que los demás hagan. Tú da testimonio, así no te comprometerás”.
Por esto mismo Juan XXIII convocó un Concilio.
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